LAS LECCIONES DE GOING ROGUE


 

Llegó el año 2010. Por fin. Después de un 2009 en el que Sarah Palin ha luchado por su supervivencia y nos ha demostrado lo fuerte que es, llega para ella el primer año en el que el ring está libre de trampas y puede mirar a sus adversarios directamente a los ojos (y estos a ella aunque sólo para lamentar el tener demasiado miedo como para salir corriendo). Es ahora cuando vamos a ver a una Sarah Palin libre de toda asociación con McCain (como en 2008) o con su antiguo puesto como gobernadora de Alaska (como en 2009); es decir, a una Sarah Palin que ya no le debe nada a nadie y que no tiene por qué luchar con una mano atada a la espalda. Es libre y sólo se debe a sí misma. Finalmente, puede hacer y decir lo que le venga en gana. Y más de uno va a sentirlo realmente. Tomen asiento; la diversión no ha hecho más que comenzar: a un lado, Sarah Palin, la defensora de la libertad; al otro, la izquierda, los cobardes que se complacen en ser esclavos y sólo ansían esclavizar a los que no lo son todavía para así no tener que sentir la vergüenza de no tener el valor de luchar por su propia libertad. ¡Segundos fuera! ¡Comienza el primer asalto!

Una foto tomada de un tea party. En ella, un estadounidense lleva una camiseta donde se lee: “Nosotros, el pueblo… ¡Hemos vuelto!” Y es cierto porque ésa y no otra es la esencia del movimiento tea party: que la gente normal y corriente salga a la calle para decirle a sus representantes elegidos que se acabó y que, después de tantos años de abusar de su confianza, ya no van a volver a abusar de ellos nunca más. El pueblo quiere recuperar el control de su destino… ¡y lo vamos a hacer!

En la vida, todos dudamos. Y mucho. Sin embargo, si bien se puede dudar acerca del color de un coche nuevo, de si ir de vacaciones al mar o a la montaña o de si coger el paraguas porque ha amanecido nublado, hay cosas sobre las cuáles uno no debería tener la más mínima duda. Esas cosas se llaman “principios” y son el fundamento de toda personalidad y la base de nuestra convivencia y algo que, a diferencia de lo que decía el Marx que tenía gracia (Groucho; el otro, Karl, era un amargado), no pueden depender de que a la otra persona le gusten y si no, no importa porque tengo otros.

Los principios son, por tanto, inmutables y a la conciencia de que no pueden ser otros se le llama “firmeza de carácter” y es una virtud. Y uno la tiene cuando, consciente del valor de esos principios, toda su vida se rige por ellos en cualquier situación ya sea rico o pobre, alto o bajo, guapo o feo. Los principios no están sometidos a las leyes del libre mercado o al menos no deberían estarlo, es decir, no deberían poder venderse y si se venden aquello entonces ya no es un principio sino más bien un final; el de nuestro caminar por la vida como seres humanos libres puesto que a partir de entonces aceptamos convertirnos en unos meros autómatas y que sea otro quien decida por nosotros. ¿Recuerdan la clásica historia del hombre que vendió su alma al diablo? ¿Acaso no es el alma algo tan personal que distingue a cada hombre de todos los demás? ¿Y acaso no lo son también los principios que, aunque puedan ser compartidos con otras personas, son tan personales como el alma? ¿No es por tanto tan desolador vender tus principios como vender tu alma? ¿Acaso no será lo mismo? ¿Y acaso no estará sucediendo eso diariamente, delante de nuestras propias narices y no nos estaremos dando cuenta sólo porque el comprador no va disfrazado de diablo de opereta y en su tarjeta de visita no se lee que se llame “Mefistófeles”?

Sin embargo, si uno piensa dónde pueden rondar con mayor facilidad y éxito los miles de Mefistófeles que a buen seguro andan por ahí en busca de presas fáciles, el mundo de la política sería una elección con muchas posibilidades. De entre todas las tentaciones que nos acosan diariamente, tal vez sea el afán de poder la más difícil de vencer. Todos hemos sentido alguna vez que teníamos razón, pero nos hemos visto incapaces de imponer nuestra voluntad porque carecíamos del poder necesario para hacerlo. Y cuando digo “imponer nuestra voluntad”, no estoy dando a entender que se trate de una arbitrariedad o un mero capricho que nos ha venido en gana hacer soportar a los demás, sino de algo que puede ser muy sensato y muy razonable pero que, de alguna manera, los demás no lo veían así o simplemente les complacía el llevar la contraria (que de todo hay en la viña del Señor). Y como que no todos tenemos la paciencia de convencer a los demás, incluso a los tozudos que no se dejan convencer de ninguna manera, más de una vez hemos pensado en lo bien que estaría poder decir eso de “aquí se hace lo que yo digo y sanseacabó”. ¡Pues claro que todos hemos soñado alguna vez con tener poder! Todos hemos imaginado cómo sería el llegar a la cima y quien diga que no, miente. Y la cima más alta de todas es la que está situada en el mundo de la política. Es cierto que existen otras cimas, las profesionales, por ejemplo, pero éstas por muy altas que puedan ser no pueden igualarse con lo que supone el ocupar la máxima responsabilidad de un estado y poder influir en la vida de absolutamente todas las personas. Ésa es la cima que muy pocos llegan a coronar y, justamente por eso, la más deseada de todas.

Ya sabemos que la altura produce vértigo y que el vértigo produce pérdida del equilibrio y caídas espeluznantes, sobre todo en lo que se refiere a la moralidad del afectado. Más de una vez hemos sabido que personas íntegras hasta entonces, excelentes vecinos, una vez que han ocupado un puesto de responsabilidad en el mundo de la política se han visto afectadas por el dichoso “mal de altura” y su caída en el seno de la indignidad ha sido, muy oportunamente dicho, vertiginosa. Una breve mirada desde las alturas hacia abajo, una sensación embriagadora y… ¡zas! Y por muchas tabletas contra el mareo en forma de checks and balances que se establezcan, siempre habrá gente propensa al mareo que perderán la cabeza y pensarán que no es que todo les dé vueltas a ellos sino que son los demás los que no paran de moverse.  Y la única manera eficaz de luchar contra esa enfermedad, tan extendida entre nuestra clase política aquí y en todos los países del mundo, es la de poseer esa firmeza de carácter a la que he hecho mención antes. Una firmeza de carácter que no se compra en la farmacia ni se aprende en una academia o en un libro de esos que se venden tanto, sino que se adquiere poco a poco a lo largo de toda la vida, desde la más tierna infancia, y que primero la inculcan los padres simplemente con sus palabras y su ejemplo diario, luego se hace más consistente a través de las enseñanzas que aprendemos en la escuela y, finalmente, arraiga del todo en nosotros cuando nos convertimos en adultos y comprendemos que no somos más que un eslabón en una cadena que empezó hace muchos siglos y que tras nuestros padres seguirá en nosotros y en nuestros propios hijos, para seguir continuando por otros muchos siglos.

¿Y cuáles son esas lecciones de Going rogue, la autobiografía de Sarah Palin, a las que me he referido en el título y a las que hasta ahora no he hecho la más mínima mención? Son dos: la primera, es que uno sólo puede confiar en una persona cuando la conoce bien; y la segunda, que uno sólo puede conocer bien a una persona cuando le consta la firmeza (o la endeblez) de su carácter. Y en el caso de Sarah Palin, es a través de su libro que creo que he llegado a conocerla lo bastante bien como para saber que puedo confiar en ella y que si confío es porque ahora sí me consta la firmeza de su carácter. Uno no puede dejar de admirar aquello de lo que carece y yo, humildemente, confieso que temo carecer de una firmeza igual. Una firmeza que ella misma deja bien claro de dónde procede: del ejemplo de sus padres, de una educación basada en el esfuerzo y de su propia experiencia como mujer a lo largo de todos estos años y en su condición de hija, esposa y madre. Todo ello junto ha hecho de Sarah Palin una persona  que sabe muy bien cuáles son sus principios y está dispuesta a vivir de acuerdo con ellos y a pagar el precio que sea preciso, y a la que ningún Mefistófeles va a convencer de que abjure de ellos por más tentadoras que puedan parecer sus proposiciones.

Para mí, Going rogue es la mejor carta de presentación de Sarah Palin. Más aún que su propio historial académico o político, Going rogue es ella misma en palabras, la voluntad de Sarah Palin de hacernos llegar una imagen suya que, por una vez, no está distorsionada. Incluso me atrevo a pensar que a través de la escritura del libro, la propia Sarah Palin ha hecho balance de lo que ha sido su vida hasta este momento porque está segura que todo lo que va a venir a partir de ahora supone un nuevo comienzo para ella, un comienzo marcado por un compromiso superior con sus compatriotas, la gente normal y corriente como ella y que la han visto como su abanderada y que han volcado sus esperanzas en su figura, un compromiso que ella muy posiblemente no se esperaba, pero que se ha encontrado y que sabe que no puede rechazar. Recordando, escribiendo, recapitulando sobre lo que ha sido su vida hasta entonces, de alguna manera Sarah Palin ha decidido si finalmente está dispuesta a ser todo eso que sus compatriotas le están rogando que sea y, tal y como ha escrito el libro, lleno de optimismo y fe en el futuro, creo que finalmente ha decidido que no sólo sí que puede serlo sino que, es más, está perfectamente dispuesta a serlo. Porque si no lo estuviera, podemos estar seguros de que Going rogue estaría escrito de otra manera muy distinta, más pesimista, más melancólica.

Estamos en el umbral de una revolución, una revolución que me gusta llamar la “revolución del sentido común”, pero que también podría llamarse la “revolución Palin”. Estamos asistiendo al nacimiento de una nueva fuerza en el panorama político ya no meramente estadounidense sino también mundial. Y estamos asistiendo también al nacimiento de su líder. Y lo más excitante de todo ello es que se trata de una revolución que ya hemos vivido: la misma revolución que encarnó Ronald Reagan en su momento y que no sólo sacó a Estados Unidos de una crisis económica y moral brutal sino que además le sobró tiempo para derrotar al mayor enemigo de la libertad, el comunismo, que había existido hasta entonces. Ahora, más de veinte años después, con una nueva e igualmente brutal crisis económica y moral sacudiéndonos violentamente y con un nuevo enemigo de la libertad, el islamismo, igual de formidable que el anterior, el ejemplo de Reagan es el más querido por Sarah Palin para llamar bajo sus banderas a todos aquellos que creen que aún existen motivos para luchar y que mientras quede un hálito de vida en nuestros corazones y seamos capaces de pronunciar la palabra “libertad” vale la pena luchar. Y el manifiesto de esa nueva-vieja revolución es ni más ni menos que Going rogue, la historia de una mujer de Alaska que ha sentido la llamada de sus compatriotas pidiéndole que los encabece. Y ella ha respondido humildemente aceptando esa llamada.
 
Así, las lecciones de Going rogue no son pues una serie de medidas concretas contra la crisis económica, no es un Palinomics como antaño hubo un Reaganomics; tampoco son una serie de medidas concretas para hacer frente a las amenazas planteadas por los islamistas en Afganistán, no es un surge en Af-Pak como antaño hubo un surge en Irak; y tampoco son una serie de medidas concretas para evitar el colapso del sistema sanitario en Estados Unidos, no es un Palincare como ahora hay un Obamacare. Es cierto que hay un poco de todo eso, pero no es su principal objetivo porque su verdadero intención es la de mostrarnos como se forja un líder, como se ha forjado Sarah Palin y dejarnos conocerla para que podamos evaluar la firmeza de su carácter. Y una vez que la conozcamos y la hayamos evaluado, dejarnos decidir si queremos confiar en ella. Sarah Palin no ha escrito Going rogue para pagar sus deudas, sino para decirnos: “Ésta es mi vida y así es como soy. Ahora ya sabéis lo que podéis esperar de mí”. De nosotros depende entonces aceptarla o no. Y si la aceptamos, podemos estar seguros de que ya no volverá a haber ninguna sorpresa por nuestra parte como la hubo en julio de 2009 cuando dimitió de su cargo como gobernadora de Alaska y a muchos de nosotros nos dio un ataque de nervios. Si hubiéramos leído Going rogue entonces, si hubiera estado escrito ya, hubiéramos comprendido que la respuesta de Sarah Palin a su situación de entonces no podía ser otra. Yo, por mi parte, que llevo más de un año siguiendo estrechamente a Sarah, confieso que desde que lo he leído tengo una opinión aún mejor de ella. Y no son los hechos que narra los que me han hecho mejorar esa opinión, sino precisamente el que narre esos hechos y no otros y el que los narre de esa manera y no de otra distinta.

En definitiva, tras la lectura de Going rogue, Sarah Palin ha dejado de ser para mí una mera colección de noticias sueltas sobre ella que es cierto que me permitían imaginarme cómo podía ser ella realmente, pero lamentablemente esa imagen tenía la forma de un collage, lo que es obvio cuando uno se dedica a recortar noticias y pegarlas donde sea y que, por muy completo que sea ese collage, no deja de ser una imagen incompleta y con las proporciones cambiadas. Ahora en cambio, Sarah Palin es para mí una imagen perfecta y se ha convertido en una persona de carne y hueso a la que puedo imaginarme mientras pasea cualquier día por las calles de Wasilla en compañía de su marido y sus hijos, haciendo cola detrás de mí mientras espera a que la cajera del Wal-Mart le cobre los pañales para Trig que acaba de comprar o coincidiendo con ella mientras corremos ambos por una carretera de Alaska y ella se ríe disimuladamente porque se me ha desatado una zapatilla y casi me la pego. Me la imagino y la veo perfectamente y me sorprendo de lo normal que resulta, de lo cálida que es su mirada y de lo arrebatadora que es su sonrisa. Y si alguien a mi lado me preguntara si le confiaría mi futuro y el de mis hijos, la respuesta sería inmediata: “Sí, sin duda. ¿No ves que es Sarah? ¿A quién se lo vas a confiar si no?”.

Una respuesta a LAS LECCIONES DE GOING ROGUE

  1. Santi dice:

    Bob,¡veo que te ha gustado el libro, pardiez! Llevas razón en que ahora veremos a la verdadera Sara Palin. Ya nada ni nadie se le interpondrá en su camino. ¡El camino que lleva a la Casa Blanca! ¡Qué tiemblen los progres y toda la mala gente! ¡Llega Sarah con su revolución conservadora del sentido común! ¡La de la gente corriente con principios y valores! ¡Palin 2012!

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