EL PARTIDO REPUBLICANO EN LA ENCRUCIJADA (y II)


 

El Partido Republicano, como todos los partidos en un sistema político democrático, es básicamente una máquina de ganar elecciones. Y nada más. Una organización formada por una minoría de políticos profesionales que aspira a ser la voz reconocida de un conjunto de personas individuales que, sin necesidad de conocerse unas a otras, comparten todas ellas una misma manera de entender la organización de su vida cotidiana en lo que llamamos una sociedad civilizada. En consecuencia, un partido que pierde unas elecciones es un partido que ha fracasado y que lo mejor que puede hacer es analizar muy atentamente lo que ha pasado para así comprender el motivo por el cual la mayoría de los electores le ha negado su confianza. En 2008, el Partido Republicano perdió las elecciones presidenciales y a estas alturas, casi un año después, no parece que haya sabido sacar todavía las oportunas conclusiones de ello. Los ciudadanos de Estados Unidos siguen sin confiar mayoritariamente en él y a este ritmo es muy difícil que pueda tener una oportunidad de victoria en las próximas elecciones presidenciales previstas para 2012.

Palin hands

Sarah Palin estrechando la mano de sus seguidores durante un acto de la pasada campaña electoral (detrás suyo está su hija, Willow). Ella sí que parece haber sacado la lección de lo que sucedió entonces, comprendiendo lo que fue mal y lo que debe hacerse para corregirlo. Y a fe mía que lo está haciendo. Y deprisa. Mucho más deprisa que un glaciar. E igual de arrolladoramente. Y lo que nos falta aún por ver.

La mala gestión de la pasada campaña electoral por parte de los asesores del entonces candidato a la presidencia de Estados Unidos por el Partido Republicano, John McCain, especialmente en lo que se refiere al aprovechamiento del indudable tirón electoral de su candidata a la vicepresidencia, Sarah Palin, está en el origen del desastre que es el Partido Republicano actualmente. Es cierto que tras ocho años de “compassionate conservatism” por parte de George W. Bush (Bush 43), pocas esperanzas podían tener los del GOP de obtener una victoria electoral, pero eso tampoco quería decir que no hubiera sido posible. Al contrario, existía esa posibilidad ciertamente. La prueba está en aquellas dos semanas de principios de septiembre en que McCain estuvo por delante de su rival demócrata en las encuestas, justo tras la presentación de Sarah en la convención republicana como su compañera de ticket. Un manejo más acertado de su imagen, un mayor compromiso con ella, defendiéndola valientemente de la avalancha de mentiras que se vertieron sobre su persona, y la comprensión de que su falta de conocimientos sobre algunos temas no implicaba su falta de inteligencia hubiera supuesto una diferencia y ya hubiéramos visto qué hubiera pasado entonces. Un ejemplo de lo que podría haber sido lo tuvimos durante el debate entre los candidatos a vicepresidentes cuando Sarah tuvo a Biden a su merced. Su afán de lucha, su voluntad de no dar un estado por perdido hasta el último momento y su disposición a exponer a la luz pública las flaquezas y las incoherencias del candidato a la presidencia por el Partido Demócrata eran un activo de peso. Parece mentira que McCain, que tan bien supo escoger en su momento a su candidato a vicepresidente, lo hiciera tal mal cuando se trató de escoger a sus asesores de campaña. Y resulta enormemente instructivo comprobar ahora cuáles de esos antiguos asesores están pasando a formar parte del equipo de Sarah porque eso nos dice mucho acerca de lo que pasó realmente durante la pasada campaña electoral, cuando tantos dimes y diretes hubo respecto a este tema.

La principal consecuencia de la derrota electoral fue que el Partido Republicano perdió toda confianza en sí mismo. Abrumado por la victoria del candidato a presidente más izquierdista de la historia de Estados Unidos desde George McGovern y corroído internamente por una corriente, la de los RINO (Republican In Name Only, republicanos sólo de nombre), empeñada en convertir al partido en un Partido Demócrata bis, el Partido Republicano se enfrentó entonces a una doble crisis: de liderazgo y de ideales. Incapacitado McCain para presentarse de nuevo en 2012, el partido necesitaba una cara nueva para el cartel, pero por mucho que nosotros tengamos muy claro cuál debería ser esa cara, eso es algo que el Partido Republicano todavía no ha decidido finalmente por lo que, a todos los efectos, en la sede del GOP existe un letrero pegado a la puerta donde se puede leer el siguiente mensaje: “Leader wanted”.

Como aspirantes al puesto, dos son los republicanos que se han postulado ya como candidatos a las presidenciales de 2012: Mitt Romney y Mike Huckabee. El primero es el que cuenta con mayores apoyos dentro de la organización del partido, mientras que el segundo marcha bastante rezagado en ese aspecto. Aparte de ellos, existe también una plétora de posibles candidatos por ahí: desde Bobby Jindal hasta Tim Pawlenty, pasando por Eric Cantor. Lo malo de todos estos nombres es que son meros nombres que poco arraigo tienen en la base social del partido porque, reconozcámoslo de una vez, la base social sólo tiene un nombre en mente: Sarah Palin.

Y es que nunca en la historia de Estados Unidos había sucedido lo que ha sucedido con ella: la candidata a vicepresidente de una candidatura presidencial derrotada supera esa derrota con tanta fuerza que en lugar de desvanecerse, como sería lógico que hubiera pasado, se convierte en la gran esperanza de la base social de su partido para las próximas elecciones. Ciertamente es algo asombroso. Apenas ha pasado un año desde las pasadas elecciones y Sarah Palin, paso a paso, sigue construyendo su propia organización, depurando su mensaje y afinando sus habilidades. Cada golpe que da es todo un golpe de efecto que le hace avanzar un poco más en su objetivo de presentarse ante el electorado como una apuesta de futuro. Y ante un Partido Republicano carente de liderazgo, sin un mensaje claro que ofrecer al electorado, que ciertamente ejerce su labor de oposición en Washington con firmeza aunque también con ciertos claroscuros (su apoyo al “Plan de Estímulo” y a los rescates bancario y automovilístico fueron los principales de ellos) y sin llegar a ofrecer en ningún momento una alternativa verdaderamente creíble y cuyo chairman, Michael Steele, en quien se habían depositado muchas esperanzas, ha resultado ser finalmente una decepción, no es extraño que la base social del Partido Republicano, sus electores, haya desertado… del partido, que no de sus ideales.

La primera señal de que algo iba mal apareció con el movimiento Tea Parties, cuando los ciudadanos se organizaron por su cuenta para protestar por la política de la Casa Blanca sin contar con sus representantes del partido en la oposición (de hecho, a Michael Steele se le negó expresamente la oportunidad de dirigirse a los reunidos en un Tea Party celebrado en Chicago el pasado mes de abril). Los Tea Parties, la fuerte contestación a los planes del gobierno surgida inesperadamente en los Town Hall meetings, el auge de los programas de radio o televisión de comentaristas nada acomplejados tales como Rush Limbaugh y Glenn Beck, la reciente marcha sobre Washington (en la que, de nuevo, Michael Steele fue apartado del estrado de oradores), etc. Todo son muestras de que la ciudadanía estadounidense opuesta al programa de gobierno desplegado por el Partido Demócrata piensa que no es precisamente el otro partido, el Republicano, quien alza la voz por ellos y en defensa de sus valores e intereses y, en consecuencia, tienen que hacerlo ellos por su cuenta. Para bien o para mal (mucho me temo que para mal), el partido republicano ya no es la organización política del movimiento conservador. Y como que no lo es, hay que pensar en alguna manera de cubrir esa grieta que se ha producido y que ha dejado a un gran número de ciudadanos ansiosos de hacer oír su voz sin representación política válida. Y el camino para ello, para encauzar ese legítimo deseo de verdadera representación, no está en ofrecerles más de la misma espantosa incapacidad política que han tenido que soportar durante estos últimos ocho años, sino en ofrecerles un auténtico cambio con respecto a lo que ha sido el Partido Republicano hasta ahora. Un cambio que implica, necesariamente, un nuevo líder y un nuevo mensaje. Y si el líder ciertamente debe ser un rostro nuevo, ajeno a la irritante politiquería de Washington, el mensaje ni siquiera tiene que ser nuevo en el sentido de novedoso, sino que bastaría con un mensaje que retomara el tradicional ideario conservador, el de toda la vida, que tan acertadamente encarnó Ronald Reagan durante los años 80 (y que en mi desgraciada Europa sólo supo encarnar Margaret Thatcher), es decir, un “back to basics”.

Es por ello que el momento está maduro para una figura como la de Sarah Palin, una política probada y cuyo principal activo es la confianza que despierta en todos los que se acercan a ella sin ideas preconcebidas. Una confianza que descansa básicamente en su historial, lleno de enfrentamientos con el establishment, ya fuera el del Partido Demócrata o el del suyo propio, de voluntad de hacer y de promesas cumplidas. Sus dos años como gobernadora de Alaska pueden parecer poca experiencia, pero no debemos perder de vista que lo que realmente importa en un político no es la lista de cargos que ha ocupado sino lo que ha hecho en esos cargos. Los dos años en Alaska de Sarah Palin (cuya pauta fue la misma que la desarrollada por ella durante sus seis años al frente de la alcaldía de Wasilla) serán siempre recordados como los dos años durante los cuales se pusieron las bases para un verdadero desarrollo económico del estado que beneficiase de verdad a sus conciudadanos, sin atender a las exigencias de los poderosos, lo cual era toda una novedad en la política de un estado como el de Alaska.

Y esto es algo que no pasa desapercibido para el electorado, harto ya de toda la patulea de Washington, tanto de uno como de otro partido, afectados todos ellos del mismo mal: el apetito insaciable de poder. Convertidos en una oligarquía en la que las diferencias ideológicas entre ellos parecen más bien un mero juego de niños destinado a complacer a los votantes mientras ellos se mantienen leales únicamente a la casta que constituyen, ha llegado el momento de volverles definitivamente la espalda y recuperar el glorioso legado de la única revolución de la historia de la humanidad que ha traído verdaderamente paz y prosperidad a su pueblo: la Revolución Americana de 1776. Una revolución popular que se opuso a un gobierno impuesto que pretendía mandar demasiado y que fue llevada adelante a pesar de todas las dificultades que surgieron en el camino y a pesar de que se predecía como una locura que acarrearía nada más que desgracias a sus impulsores. Gracias a Dios no fue así y el Tratado de Versalles de 1783 demostró al mundo que era posible cambiar las cosas sin necesidad de un baño de sangre, algo que no ha vuelto a suceder en la historia a la luz de que lo pasó durante la Revolución Francesa de seis años después. Y ése es el mismo espíritu que anima actualmente a los organizadores de los Tea Parties y que anima a tantas y tantas personas que hastiadas de “politics as usual” (la política de siempre) han girado su atención hacia Sarah Palin, una mujer que les ha demostrado que la política puede ser lo que ellos siempre se imaginaron que sería: la voluntad de mejorar la vida de los ciudadanos.

Con su historial de enfrentamientos con su propio partido, no es de extrañar que Sarah sea rechazada por la cúpula del GOP. Tampoco parece que lo lamente mucho ya que poco los necesita. Sin embargo, no deja de ser triste que se haya producido tal escisión dentro de lo que no hace muchos años era una alianza ganadora y que se antojaba invencible a poco que se mantuviera firme en su andar. Tal vez el primer desencuentro se produjera cuando George Bush (Bush 41) mintió descaradamente a sus votantes con aquello de “Read my lips: no more taxes”. ¿Será Sarah Palin acaso la única que puede reconstruir esa alianza, forjándola de nuevo y devolviendo a los estadounidenses la confianza en sus representantes, una confianza que ahora mismo está definitivamente perdida tras muchos años de errores y un último año de Bush 43 tan horroroso que fue casi para hacerse demócrata?

Ésta es la encrucijada en la que se halla ahora el Partido Republicano y que he querido repasar para mis lectores esta semana; una encrucijada que se reduce a saber si el GOP sabrá reconocer a Sarah Palin como su líder y aceptar su mensaje de vuelta al clásico ideario conservador como mensaje del partido, devolviendo así el Partido Republicano al movimiento conservador, o persistir en su error, darse una vuelta  por el “centro” (dondequiera que esté eso, pero dado el izquierdismo radical de la actual administración debe de estar mucho más a la izquierda de lo que estamos dispuestos a tolerar), aislarse en Washington y ver como la base electoral tradicional del partido les da de lado hasta tal punto que no sería extraño que el Partido Republicano acabara desapareciendo a poco que otra opción política supiera aparecer en el momento oportuno y llenar ese abismo que existe entre unos votantes desengañados e irritados y una organización política en la que ya no se ven representados. ¿Estoy exagerando? No veo porqué. Total, existen precedentes: el antiguo Partido Whig que desapareció cuando surgió el Partido Republicano de Abraham Lincoln. Estaría bien que los dirigentes del Partido Republicano tuvieran esto presente. Especialmente porque Sarah Palin no es Ross Perot; ella sí que tendría una posibilidad cierta de victoria.

Una respuesta a EL PARTIDO REPUBLICANO EN LA ENCRUCIJADA (y II)

  1. Santi dice:

    Vuelvo a decir que espero que el partido Republicano abra los ojos a la realidad y escuche a su base social de posibles votantes, la mayoría conservadora norteamericana, porque EEUU es un país básicamente conservador en sus valores y creencias. Y que entienda el mensaje, el nuevo líder que quieren es una mujer y se llama Sarah Palin.

    Aunque yo creo que ya lo saben de sobra y lo que hacen con sus dilaciones es prolongar lo inevitable, mal que les pese. Estoy seguro de que Sarah conseguirá triunfar en su partido, creo que es la única salida con grandes posibilidades de éxito que tienen. Y como bien has dicho, un partido es una máquina para ganar elecciones, luego no les queda más opción que Sarah, o ella o el suicidio político.

    ¡Palin 2012!

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