EN ESPAÑA, ¿A QUIÉN LE IMPORTA SARAH PALIN?


 

Por una vez, el título de esta entrada no es un recurso literario sino que se trata de una pregunta que me han hecho hace poco. Y es una pregunta que hasta ahora no había tenido que plantearme realmente porque la mayoría de mis lectores proceden de la comunidad hispanoparlante de Estados Unidos, gente que tiene todos los motivos para interesarse por quien algún día, Dios mediante, se convertirá en su presidente. Sin embargo, la reciente publicación de un artículo mío (ver aquí) en el suplemento de Exteriores de Libertad Digital, ha provocado que el interés por mi blog entre mis compatriotas haya subido como la espuma y uno de ellos, con la mejor de sus intenciones, me ha hecho esta pregunta. Y estoy presto a responderle.

Imagínense esta noticia en su periódico habitual: “Sarah Palin y su marido visitan España. Miles de personas les reciben entusiasmados a su llegada al aeropuerto a pesar del frío reinante”. Sueño con eso. Por supuesto, yo sería uno de los más entusiastas y ya podría llover, nevar o caer chuzos de punta que ahí estaría gritando “Sarah, Sarah, Sarah”. ¡Y tirándole una bola de nieve (con una piedra dentro) al alcalde de turno que pretendiera hacerse una foto a su lado cuando seguro que no es más que un maldito politicastro de los que se han reído mil veces de ella!

Sobre mi despertar político, creo que ya está todo dicho. Los habituales de este blog lo conocen de sobras porque lo han leído en la página etiquetada como “Autor”. Los que no lo hayan hecho, tal vez sería mejor que lo leyeran primero y luego volviesen a esta entrada. El caso es que a raíz de ese despertar y de las mil y una preguntas que empezaron a rondarme por la cabeza y que debía encontrar como fuera la manera de responder acabé comprendiendo que, por mucho que pretendan algunos, España no es una auténtica democracia, sino lo que yo denomino una “democracia de papeleta”, o sea, un timo. Una falsa democracia que lo único que tiene de eso es el ritual del día de las elecciones, ya sean locales, regionales o nacionales. En España, para desgracia nuestra, no existe la discusión política, una verdadera discusión en la que se propongan diversas alternativas de gobierno, se valoren sus pros y sus contras y los españoles podamos escoger libremente entre una y otra. Y no existe porque la única ideología que se tolera es la del estatismo rapaz, un estatismo tan desenfrenado que cada uno de nosotros cuenta con un estado nacional, su respectivo pseudoestado regional y en muchos casos hasta otro pseudoestado local, lo cual ya es el colmo del estatismo: un estatismo elevado al cubo. O sea, tres administraciones públicas a las que sostener con nuestros impuestos. Tres clases políticas a las que mantener en la riqueza. Tres amos a los que obedecer. Y lo que es peor, no existe manera de romper ese corsé que nos oprime porque está todo atado y bien atado, que diría aquél. Tan atado que hasta alguno de esos politicastros que nos engañan a diario se arroga el derecho a decidir qué es lo que nos importa y qué es lo que no.

En consecuencia, esa “democracia de papeleta” resulta ser una vulgar oligarquía en la que la clase dirigente es una clase política, la misma clase sea cuál sea el partido político al que digan pertenecer, enquistada como un parásito en el organigrama y los presupuestos del Estado. El Estado nos gobierna absolutamente y el ciudadano, desesperado al ver que no puede librarse de sus garras, acaba pensando que cuánta razón tenían sus padres cuando le aconsejaban que no se metiera en política.

Lo malo es que quienes no hicieron caso a sus padres y sí que se metieron en política tras la muerte de Franco en 1975 han acabado siendo la generación más mentirosa de la historia de España, una generación de ambiciosos que clamaban pidiendo libertad por todas partes y al final lo único que nos trajeron fueron unos nuevos amos: ellos. Porque una de las esencias del poder, aquí y en todas partes, es el miedo cerval que siente a que los ciudadanos puedan tomar sus propias decisiones sin contar antes con su beneplácito. En 1975, conscientes de que ya no podían continuar como llevaban haciéndolo desde hacía cuarenta años, la vieja elite política se retiró de la escena pública, dio paso a la nueva elite que llegaba ansiosa y “con mejor prensa” y ambas compartieron el verdadero poder que la vieja elite nunca cedió del todo y que la nueva pronto descubrió que es el que realmente importa: el económico.

¿Y el pueblo? Como siempre, el pueblo debía seguir estando a lo que le mandasen. Nunca fue más cierto que en la España de 1975 aquello que escribió Lampedusa en su obra El Gatopardo cuando decía que todo debía cambiar para que nada cambiara. Hoy igual que antes, el pueblo no cuenta para nada a la hora de decidir sus propios destinos. Y lo peor es que lo sabe y lo acepta y su única aspiración ya es que los que gobiernan le tiren alguna migaja del pastel que se están comiendo a ver si le da para sobrevivir y si para ello hay que levantar el puño, se levanta. Total, sus padres tuvieron que pasar por lo mismo y levantar el brazo. En la práctica, el gesto es el mismo. Perverso sistema que ha sabido pasar de un autoritarismo de derechas a otro de izquierdas sin el más mínimo rubor.

¿Y qué pinta Sarah Palin en todo esto? Pues pinta y mucho. Y pinta no porque sea Sarah Palin sino por lo que ella representa: ni más ni menos que el poder del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. Repítanselo a uno de los miembros de nuestra clase política y no tardarán ni diez segundos en verlo caer redondo al suelo y morirse rabioso echando espumarajos por la boca. Un exorcismo muy eficaz. Téngalo siempre a mano, por si acaso.

Sarah Palin es una estadounidense normal y corriente. Tan normal y corriente que asusta y es por eso que sus adversarios la temen de esa manera: porque no es una hipócrita y no pretende ser lo que no es, la primera regla para poder aspirar a incorporarse algún día a la elite dirigente. Los hipócritas tienen mucho que ocultar y una persona así puede ser fácilmente controlada ya que tiene una debilidad y la elite que nos dirige vive de las debilidades de sus miembros, el mejor remedio para estar seguros de que no van a poner nunca en cuestión el sistema. Desgraciadamente para ellos, Sarah no tiene ninguna debilidad y eso la convierte en invulnerable: su vida es sencilla, no tiene nada que esconder y su única ambición es la de creer que puede hacer algo por mejorar las vidas de sus compatriotas, mientras que su fe la pone a salvo de la amargura de sentirse fracasada si no lo consigue, que es cuando más de uno se siente entonces tentado a vender su alma al Diablo. Si Dios quiere que Sarah sea presidente de Estados Unidos, lo será, con independencia de calumnias, encuestas y la opinión de Charles Krauthammer. Y ella lo sabe y lo asume. Y ésa es su fuerza.

¿Y de dónde ha sacado esa fuerza? De sus padres y de su familia. Justamente del mismo sitio donde deberíamos haberla sacado nosotros. Criada junto a tres hermanos más, un varón y dos mujeres, Sarah nunca se sintió distinta ni sus padres la trataron de otra manera que al resto de sus hijos. Con un padre profesor de colegio y entrenador deportivo, preocupado tanto por sus notas como por inculcarle la constancia, el esfuerzo y el afán de superación que implica la práctica de cualquier disciplina deportiva, Sarah es consciente de sus limitaciones y de que debe compensar su falta de dotes innatas con un mayor sacrificio. Los deportes son una excelente herramienta para formar el carácter ya que te revelan mejor que nadie tus propias limitaciones y te enseñan a compensarlas. Jugando al baloncesto, Sarah aprendió que un equipo es mucho más que cinco jugadores sueltos, y haciendo carreras de larga distancia, aprendió que la vista debe estar siempre puesta al frente, a marcarse pequeñas metas que le permitieran llegar a la meta final y a superar los inevitables momentos de desfallecimiento que siempre se producen. Si a todo ello le añadimos una sólida formación moral que le hace estar segura de que el Bien y el Mal no sólo existen sino que pueden ser distinguidos sin ninguna duda, ¿cuál puede ser el punto débil de una mujer como ella? Ninguno.

Que Sarah iniciara una carrera política, allá en Wasilla, fue algo que no dejó de sorprender a todos los que la conocían, incluso a su propia familia y a su marido, Todd. Y si lo hizo fue porque pensó que las cosas se estaban haciendo mal en su pueblo y que tocaba arremangarse y no esperar a que algún día llegara otra persona que les sacara las castañas del fuego. Ésa es su principal diferencia con la mayoría de nuestros políticos: que ella llegó al cargo sabiendo perfectamente qué es lo que iba hacer durante su mandato, lo que no suele suceder muy a menudo. Porque para Sarah, un cargo político no es una meta en sí misma sino un medio para llevar a cabo un programa de gobierno aprobado con sus votos por la mayoría de los electores. Y si para llevarlo adelante tenía que enfrentarse con el establishment en Wasilla, en Juneau o en Washington, estaba dispuesta a ello. “Gajes del oficio”, imagino que pensaría cada vez que le pasaba. Es cierto que a raíz de cualquiera de esos enfrentamientos podría haber acabado con su carrera política hecha añicos, pero ella es así: no hay compromiso. Si no puede hacer lo que prometió a los electores que haría, entonces mejor presenta su dimisión y se va a su casa. Sarah no está para fingir que hace cuando no hace y engañar así a quienes han confiado en ella, tal y como nos demostró cuando dimitió de su puesto como gobernadora de Alaska. Sarah está para hacer lo que le han ordenado sus votantes con sus votos que haga. Y el verbo “ordenar” en la frase anterior no es mera retórica porque Sarah realmente cree que son sus votantes quienes la han puesto ahí para que trabaje en su beneficio y que en cualquier momento pueden pedirle cuentas y ella está obligada a demostrarles la bondad de su gestión. Eso es algo que tiene siempre muy presente y que, después de haber visto sus fortalezas personales, constituye su mayor fortaleza política.

No es extraño pues que alguien como ella haya surgido de Alaska que, aún hoy en día, es un lugar donde sobrevivir supone ser capaz de cazar, pescar y hasta de construirte tu propia vivienda. La última frontera vio crecer a la última pionera que, como sus antecesoras, compartía arado y fusil con su marido y los dos juntos levantaban de la nada una granja de maíz y una familia. Asfixiados por su opulencia, ensoberbecidos por sus diplomas de la Ivy League y enamorados de su propia imagen, la elite actual se cree una clase “superior” dotada de manera innata con el derecho a dirigir a las “inferiores” y piensa que Metrópolis (1927) de Fritz Lang es una mala película mientras que sus estúpidos seguidores ni siquiera saben que es una película y, en consecuencia, nunca la han visto.

Y justo cuando esa elite creía que había logrado el premio final: poner a uno de los suyos en la Casa Blanca por mil años, aparece Sarah Palin y pone en duda la idoneidad del “elegido”. ¡Indignante! ¡Cómo se atreve la palurda esa! Y lo peor es que no pueden con ella; pensaban que bastaría con unas cuantas mentiras y otras tantas groserías para que se echara atrás asustada y no ha sido así. Y encima, las adhesiones que despierta son innumerables y hasta en un lugar tan lejano como España hay dos chiflados (Rillot y yo mismo) que pierden encantados su escaso tiempo libre dedicándose a escribir frenéticamente sobre ella cuando podrían estar tan a gusto viendo el fútbol por la tele. Y lo peor de todos estos “palinistas” irritantes es que están tan obsesionados con la palurda esa que no hay manera de razonar con ellos, ni siquiera prometiéndoles panem et circenses, un seguro sanitario que les curará siempre y cuando no enfermen y la certeza de que todo el mundo es bueno y que no hay problema que no se pueda resolver echando un buen discurso y clamando que es peace for our time.

Y es que los que amamos la vida, la libertad y creemos por encima de todo en nuestro derecho inalienable a la búsqueda de la felicidad, sabemos que cuanto más grande sea el gobierno bajo el que nos encontremos, menos vida, libertad y posibilidades de buscar la felicidad tendremos. Y ésa es la esencia del mensaje de Sarah Palin, el meollo de la cuestión, lo que la hace tan importante para todo el mundo, ya sea en Estados Unidos o en España, y por lo que tantas personas diferentes en tantos lugares distintos la hemos escogido como nuestra abanderada y ella ha accedido a serlo con la ayuda de Dios. Cuando Sarah habla, habla como la voz reconocida de los muchos contra los pocos, de los pequeños contra los grandes, de los pobres contra los ricos y de los que tenemos que trabajar cada día para ganarnos nuestro pan y el de nuestra familia contra los que sólo hablan, hablan y hablan y no dicen nada y aún así necesitan tener un teleprompter al lado para hacerlo. Y que si además les interrumpes porque no te gusta lo que están diciendo te tratan de racista. O de nazi. O de antiamericano.

Es cierto que estoy hablando de Estados Unidos, pero también lo estoy haciendo de España, de mi propio país, porque lo mismo que está pasando en Estados Unidos pasa también en España, pero con una “ventaja” adicional para nosotros porque si bien Estados Unidos tiene detrás de sí una gloriosa tradición de levantarse contra el tirano, España la tiene en cambio de levantarse con el tirano. Y es que nunca una nación estuvo mejor preparada para aceptar no sólo al pulpo como animal de compañía sino a la zorra como guardián de las gallinas. En Estados Unidos, los Tea-Parties, la feroz contestación ciudadana al plan de reforma de la Sanidad y la caída en picado de la popularidad del presidente antes de un año siquiera desde su elección evidencian que los estadounidenses pueden ser engañados una vez, pero que a la larga su sentido común acaba siempre prevaleciendo y que el fondo de patriotismo, laboriosidad y espíritu de sacrificio que les ha distinguido a lo largo de su historia pervive aún y es prácticamente imposible que alguien logre desarraigarlo algún día. España, en cambio, no puede decir lo mismo. Estados Unidos tiene una declaración de independencia que es, no lo olvidemos, una declaración de guerra; España tiene en cambio un “Manifiesto de los Persas” que es, avergoncémonos, una declaración de sumisión y que se repite a cada Constitución que proclamamos, incluida la sobrevalorada y muy perjudicial de 1978.

En un mundo como el actual, nada de lo que pase en Estados Unidos, la primera potencia del mundo, nos puede dejar indiferentes. Su actual presidente es un enamorado de la decadencia europea, la debilidad de sus instituciones políticas y el derrotismo de sus ciudadanos y ansía implantarlos en su país (del cual su esposa, nada desafortunada en la vida y que pocas miserias y sufrimientos ha pasado, no hace mucho que renegaba). El actual presidente de Estados Unidos no es más que un esnob de los que creen que por hablar en francés se es chic, por vestir trajes ingleses se es elegante y por tomarse un capuccino se es sibarita. Por eso, cuando un tipo así ocupa la Casa Blanca y sólo una persona le hace frente con las únicas armas de lo mejor que ha producido Estados Unidos en 250 años, la seguridad de saberse libre y recordárselo al poder cuando éste pretende volverse abusivo, conviene prestar mucha atención a lo que esa persona dice y hace. Sobre todo a lo que hace porque Sarah predica con el ejemplo y los ejemplos, en un tiempo de tanta hipocresía, valen más que mil discursos. Yo, que durante los cuatro primeros meses de vida de este blog he repasado su vida de arriba abajo, puedo dar fe de que ni una sola vez he encontrado un rastro de hipocresía en su conducta. Al contrario, lo que he encontrado es la historia de una mujer de su tiempo que es hija, esposa, madre y abuela y todo ello lo lleva con alegría porque sabe que ésa es la voluntad de Dios.

Y si Sarah Palin predica con el ejemplo, otros como Rillot o yo (y él mucho mejor que yo) nos hemos empeñado en dar a conocer ese ejemplo a nuestros compatriotas para que en estos tiempos de zozobra sepan que existe una esperanza simbolizada en una pequeña estrella que brilla allá en el lejano Norte y que se llama Sarah Palin. Su luz es todavía muy tenue, pero es una guía segura y poco a poco va iluminando más y más rincones de la Tierra. El primero ha sido Estados Unidos, claro. Pero el segundo puede que sea Noruega. Lo veremos el próximo día.

3 respuestas a EN ESPAÑA, ¿A QUIÉN LE IMPORTA SARAH PALIN?

  1. Santi dice:

    Pues a mí mismo, por ejemplo, que soy español y vivo en España. Y como yo habrá muchos otros, eso seguro. Y me interesa porque esta mujer me cautivó con sus valores y, por qué no decirlo, porque representa la antítesis de Obama, es la anti-Obama. Y este señor representa lo que no aguanto, lo que detesto.

    Y no escribo más porque ya lo ha dicho todo el titular de este blog. Con su proverbial claridad y extensión. Ante lo cual no cabe más que asentir y decir amén.

  2. Manel dice:

    Seguro que hay mucha gente que no lo entiende, pero a mi tambien me interesa Sarah Palin.
    Representa el estilo de persona con la que me identifico plenamente.Ya quisieramos por estos lares tener personas públicas tan transparentes y democratas.
    Gracias Moosecon por tenernos al dia

  3. Hace mucho tiempo que sabía de Palin. Fue casual,buscando algún periódico digital por Alaska, de modo que pude seguir la última campaña electoral norteamericana y conocer a sus contendientes.
    Creo que Sahra Palin puede llegar a ser una figura providencial, y no solo para los Estados Unidos.
    Gracias por tu blog. Iré leyendo todo poco a poco.

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