LA BATALLA DE ALASKA


 

Introducción

Reconoce John Keegan, el historiador militar británico, en su obra Historia de la Guerra, que “no estaba yo destinado a ser guerrero”. Yo tampoco. En ambos casos, una enfermedad infantil se encargó de cortarnos ese camino. Sin embargo, si bien ninguno de los dos iba a encontrarse nunca en la situación de hacer la guerra como soldado, nada nos impedía en cambio el dedicarnos a estudiarla como así ha sido. Y aunque el nombre de John Keegan goza de un merecido prestigio en este campo mientras que el mío es desconocido porque no he escrito nunca una sola palabra sobre esa materia, eso es sencillamente porque no creo poder añadir nada valioso a lo que ya se ha escrito. O al menos así lo creía.

Mi opinión varió observando lo sucedido a raíz de la dimisión de Sarah Palin como gobernadora de Alaska el pasado 3 de julio. Durante toda una semana he estado intentando comprender sus motivos para dar ese paso y finalmente llegué a unas conclusiones que expuse en mis entradas anteriores “Sarah Palin es Sarah Palin” y “Más sobre Sarah Palin es Sarah Palin”. Con ellas, pensaba que dejaba zanjada la cuestión al menos en lo que a mí se refiere. Y cuando por fin había publicado dichas entradas y estaba decidido a tomarme un par de días de descanso, mi torpe cerebro logró encajar finalmente todas las piezas que había ido recogiendo aquí y allá y tuve una visión de conjunto de todo lo que había pasado que no es que se contradiga con mis conclusiones ya expuestas, pero que las clarifica y me permite apreciar verdaderamente la excelencia de Sarah como estratega (no sé si consciente o inconsciente) y aumentar mi admiración por ella un poco más aún.

El resultado de ello es esta entrada que he titulado así: “La batalla de Alaska” porque voy a presentar todo lo que ha sucedido como si del desarrollo de una batalla se tratara y empleando los conceptos y el lenguaje militar, lo que en mi opinión redundará en una mejor comprensión de la actuación de Sarah. Y como quiera que una batalla no suele ser más que uno de los muchos sucesos de una guerra, servirá también para revelar esa guerra que ya se está librando aunque todavía haya mucha gente que aún no se ha dado cuenta y que considero que bien podría llamarse: “La II Guerra de la Independencia Americana” (en la primera, iniciada en 1776 y concluida en 1783, los entonces colonos lucharon por librarse de un gobierno despótico que los amenazaba desde Londres; en la segunda, iniciada en 2008 y aún por concluir, los ya estadounidenses luchan por librarse de otro gobierno despótico que vuelve a amenazarlos, pero ahora desde Washington).

El conflicto

Políticamente, el año 2006 será recordado en Estados Unidos por el tremendo varapalo que recibió el Partido Republicano en las elecciones del midterm, cuando perdió el control tanto de la Cámara de Representantes como del Senado nacionales. Sin embargo, no todo fueron reveses y en una de sus pocas alegrías, Sarah Palin fue elegida gobernadora del Estado de Alaska. Fue una gran sorpresa que una mujer joven, sin conexiones con el establishment y con la única experiencia de dos mandatos (de tres años cada uno de ellos) como alcaldesa de una pequeña localidad llegase a ocupar el máximo cargo administrativo del Estado. Hay quien opina que su victoria no debería computarse estrictamente como una victoria republicana ya que, de hecho, ella concurrió a las elecciones tanto contra el Partido Demócrata como contra su propio partido, el Republicano (o al menos contra una buena parte de él, la de los good old boys de la “politics as usual”, como gusta ella de decir). El caso es que su mensaje de “ya es hora de hacer limpieza” caló entre los votantes y nada más ser elegida, y contando con el apoyo en las cámaras del Partido Demócrata, Sarah se puso manos a la obra de devolver Alaska a los alasqueños, algo que apenas dos años después había logrado en tan buena medida que le mantenía con unos índices de popularidad tan altos que el entonces candidato republicano a la presidencia de los Estados Unidos, John McCain, no pudo dejar de pensar que sería su partenaire ideal: mujer, joven, maverick y bipartisan. ¿Alguien podía dar más?

Sin embargo, de pronto todo cambió en Alaska. Aterrorizados, los estrategas electorales del Partido Demócrata comprendieron que Sarah podía ser el factor que impulsara definitivamente la candidatura de John McCain y la convirtiera en una verdadera alternativa a la suya. Y los hechos no les quitaban la razón. Por primera vez, la candidatura demócrata se vio por detrás de la republicana en las encuestas de intención de voto. En consecuencia, las órdenes fueron claras: había que destruir a Sarah Palin. De pronto, la mayoría bipartidista que gobernaba Alaska se resquebrajó y Sarah se encontró en minoría en la Cámara de Representantes y el Senado estatales. Una feroz campaña de calumnias recorrió todo Estados Unidos de arriba abajo y se la puso en la picota diariamente por cualquier motivo, fuera cierto o no.

La candidatura republicana perdió las elecciones y Sarah regresó a Alaska pensando que todo volvería a ser como antes y así lo anunció públicamente, pero estaba equivocada. Las elecciones habían tenido un efecto insospechado: nunca antes un candidato perdedor (y encima a la vicepresidencia) había salido tan fortalecido de la derrota como lo había hecho Sarah. Los estrategas demócratas, conscientes de que el nuevo presidente iba a ver sus índices de popularidad disminuir rápidamente porque, dejando aparte sus discursos (siempre y cuando el teleprompter no se averiara), poco tenía realmente que ofrecer a la nación, consideraron que Sarah era una rival demasiado peligrosa como para olvidarse de ella. En consecuencia, la campaña de calumnias que tan eficazmente habían levantado contra ella se reconvirtió en una campaña de denuncias por falta de ética (ethics complaints), aprovechándose para ello de las posibilidades ofrecidas por una de las leyes promulgadas por la propia Sarah, la Alaska Executive Branch Ethics Act. El resultado fue que Sarah volvió a verse expuesta a diario, acabando por resultarle imposible ejercer el gobierno al tener que estar ella y su gabinete dedicados prácticamente en exclusiva a la refutación de todas y cada uno de esas denuncias, sin contar con la ruina que suponía para su familia el coste de su defensa legal, además de la incomodidad de la situación. Y todo ello con la perspectiva de que la persecución se recrudeciera el año próximo cuando llegaran las nuevas elecciones del midterm y el Partido Republicano se enfrentara a otra sonada derrota si Sarah no se ponía a hacer campaña en “los 48 de abajo” y galvanizaba los ánimos de un movimiento conservador acosado y huérfano de líderes en quienes confiar.

Éste era la situación el día 2 de julio de 2009, una situación ciertamente fea y que presagiaba un desastre. ¿Y cómo respondió finalmente a ella nuestra “pequeña generala de Alaska”? Brillantemente, en mi opinión.

Tácticamente

Simplificando, y en mi propia definición, el aspecto “táctico” de cualquier operación militar se refiere a la manera como dos ejércitos enfrentados combaten cara a cara. En el caso que nos ocupa, me refiero a la manera como Sarah se enfrentó a sus rivales políticos hurtándoles un triunfo decisivo sobre ella.

En términos militares, podemos asimilar a Sarah Palin a la comandante en jefe (la gobernadora) de un ejército acantonado en una fortaleza (la sede del gobierno de Alaska). Sin embargo, esa fortaleza está siendo sitiada por el enemigo (los demócratas), que utiliza contra ella una poderosa artillería (las ethics complaints). La fortaleza es sólida y el bombardeo sólo no podrá con ella, pero lo que sí está consiguiendo en cambio es que el ejército de Sarah tenga que dedicarse exclusivamente a reparar los desperfectos causados, no pudiendo pensar en otra cosa. A sus tropas no les importa, pero a los civiles refugiados en la fortaleza, sí. Aunque su moral es alta, el bombardeo constante no deja de afectarles y poco a poco el número de descontentos se va incrementando (el 2 de julio estaba ya en un 46%). Cabía la posibilidad de un motín el año que viene, en 2010, cuando tocara renovar el mandato de Sarah, con la posibilidad de perderlo todo: la fortaleza y todos los avances conseguidos hasta entonces (especialmente, el gasoducto) si volvían a ejercer el mando los mismos de antes.

Consciente de ello, Sarah ideó una respuesta rápida, sorprendente, contundente y hábil, digna de un gran general: dimitir como comandante en jefe y traspasar el mando inmediatamente a su lugarteniente, Sean Parnell. Con ello, conseguía tres cosas:

  • Romper el asedio: Al no ser ya la comandante en jefe y haber dejado voluntariamente la fortaleza, no hay motivo justificado para continuar con el bombardeo; o sea, las ethics complaints dejaban de pronto de suponer una amenaza para ella. En consecuencia, su ejército, que sigue en la fortaleza, deja de estar ocupado en reparar las brechas en las murallas y puede en cambio volver a ocuparse de sus quehaceres cotidianos (gobernar el Estado).
  • Conservar la fortaleza: Al hacer entrega inmediatamente del mando a su lugarteniente, Sean Parnell, Sarah facilita a éste los medios para hacerse lo bastante popular entre los civiles como para afrontar con garantías de éxito las próximas elecciones a comandante en jefe, evitando la derrota frente a sus rivales, tanto de su propio partido (en las primarias del Partido Republicano) como del partido rival (en las elecciones propiamente dichas a gobernador de Alaska).
  • Evitar el motín: Sin asedio y sin bombardeo, la próxima campaña a comandante en jefe del principal rival de Sarah Palin (el demócrata Hollis French) se convierte en agua de borrajas. Pensando en conducirla como una campaña contra Sarah por lo hartos que estaban todos de bombardeo y más bombardeo cuando el enemigo lo único que quiere es su cabeza, ahora se encuentra de repente con que va a tener que basarla en cosas como la energía, la economía, la seguridad pública, los transportes, la educación, etc. Es decir, todas esas cosas en las que Sarah Palin les ha estado dando cuarto y raya durante estos dos años y medio y cuyos logros podrá exhibir orgullosamente su sucesor, Sean Parnell.

Mantener una posición indefendible es siempre un error. Y para Sarah, la fortaleza de la gobernación de Alaska se había convertido en indefendible. El enemigo había descubierto la manera de sitiarla y tenerla sometida a un fuego continuo. Sólo podía pensar en defenderse, pero una defensa en una fortaleza asediada no puede mantenerse indefinidamente sino que tiene que tener la perspectiva de poder romper el asedio, ya sea mediante una salida con éxito de los sitiados (algo improbable en su caso porque su condición de comandante en jefe le restringía mucho su libertad de acción) o porque lo hace otro ejército que acude en su auxilio (algo más improbable aún porque los gerifaltes del Partido Republicano no están precisamente por la labor de apoyar a Sarah). Así pues, y dado que la única excusa para mantener el asedio era ella, su dimisión del cargo libera a la fortaleza del asedio. Además, la dimisión le permitía escoger a su sucesor, siendo Sean Parnell el primero de esos líderes a los que Sarah ha prometido apoyar a partir de ahora.  ¿Y todo ello a cambio de qué? ¿De un título delante de su nombre? ¡Pero si a ninguno de nosotros nos hace falta que sea “tal” o “cual”! Para nosotros, ella siempre será Sarah y ganas tenemos de que llegue el próximo 26 de julio para verla libre de una vez… y con ganas de contraatacar.

Operacionalmente

Simplificando de nuevo, y en mi propia definición también, el aspecto “operacional” de cualquier operación militar se refiere a la manera como dos ejércitos maniobran en el campo de batalla antes de llegar a trabar combate. En el caso que nos ocupa, me refiero a la manera como Sarah ha vuelto la situación a su favor una vez se ha librado de la trampa que suponía para ella el continuar siendo la gobernadora de Alaska.

Y es que Sarah continúa conservando su ejército intacto porque sus partidarios no la han abandonado (las encuestas demuestran que a pesar de haber dimitido sigue conservando el apoyo del 72% del electorado conservador), al igual que la red de blogs que la apoyan a ella exclusivamente. Además, SarahPAC continúa funcionando y siendo un punto de referencia para todos nosotros y es más que probable que su papel se acentúe ahora que Sarah podrá volcarse plenamente en su promoción.

Para un ejército, nada puede ser peor que encontrarse “fijado” por el enemigo; es decir, puesto en una situación en que no puede avanzar ni retroceder, viéndose obligado a librar una batalla defensiva. Y eso es lo que estaba pasando con Sarah en Alaska: estaba “fijada”. El cargo de gobernadora la mantenía obligatoriamente en Alaska donde era permanentemente bombardeada por sus enemigos con una ethics complaint tras otra y sus escasas salidas del Estado (Evansville, Washington, Auburn y para de contar) eran también motivo de controversia. Y ello a pesar del enorme interés que despierta su figura en cualquiera de “los 48 de abajo”. Estaba claro que si quiere jugar un papel mínimamente relevante durante las elecciones del midterm de 2010, Sarah debía gozar de libertad de movimientos. Una libertad como la que disfrutó el actual presidente de los Estados Unidos quien, a pesar de su cargo de senador nacional, se pasó los últimos dos años haciendo campaña incesantemente (lo que también fue el caso de John McCain, dicho sea de paso).

Habiéndose pues librado del bloqueo al que le sometía el ejército enemigo en Alaska, Sarah goza ahora de plena libertad para elegir sus próximas batallas. Será ella y sólo ella quien decida a quién apoya y dónde, acudiendo a su lado sorpresivamente, dando discursos que serán sin duda verdaderos killer speeches y pudiendo hablar todo lo claro que considere oportuno. Se acabaron las medias tintas para ella. Digamos que una vez concluida la Batalla de Alaska, Sarah va a practicar la guerra de guerrillas convirtiéndose en una especie de Johnnie Reb (o de Sarah Reb, en su caso): actuará donde menos se lo espere el enemigo, golpeándole y retirándose rápidamente, y con preferencia sobre sus líneas de abastecimiento (las próximas elecciones del midterm), apoyando a tantos candidatos conservadores como considere merecedores de ello y evitando en consecuencia la elección de otros demócratas (o de una larga ristra de candidatos republicanos de pega, esos de la rama bastarda de los RINO, porque quien quiera contar con su apoyo ya sabrá a qué atenerse: estado reducido, responsabilidad fiscal y libertad de elección). Todos sabemos que la cúpula del Partido Republicano no la soporta porque su mera existencia les pone en evidencia a todos ellos, pero ahora mismo ella es la única que puede movilizar a un gran número de partidarios tanto en Indiana como en Nueva York y recaudar fondos en la misma medida. ¿Pueden acaso Romney, Huckabee, Pawlenty, Jindal, Barbour, Steele o Rice hacer eso? No, por supuesto. Sarah es el único factor desequilibrante con que cuenta el Partido Republicano y eso le va a permitir el empezar a crearse una base de poder propia en el seno del partido, reclutando leales y situándolos en posiciones clave de cara a posibles metas más altas, cuyo primer ejemplo lo tendremos en Alaska, un Estado gobernado ahora interinamente pero muy seguramente definitivamente por Sean Parnell quien, para empezar, ya ha anunciado que no sólo conservará el mismo gabinete de Sarah sino que también seguirá su misma política. Y con Alaska asegurada, espléndido banco de pruebas para las Palinomics, Sarah podrá redactar tranquilamente su autobiografía y con el dinero que saque obtener la seguridad económica que ella y su familia se merecen, una seguridad lejos de la que disfruta Romney, por ejemplo, pero que a ella le bastará para no tener que angustiarse por si acaso no logra finalmente su objetivo, sea éste el que sea.

Estratégicamente

Finalmente, el aspecto “estratégico” se refiere a los objetivos de cualquier conflicto militar: ¿qué es lo que se pretende? ¿Cuál es la razón última de ello? En el caso que nos ocupa, me refiero a qué busca realmente Sarah. Si no quiere ser gobernadora de Alaska, ¿qué es realmente lo que está buscando? E incluso, ¿está buscando algo?

Ciertamente, todos estamos ilusionados con la idea de que Sarah sea candidata a presidente de los Estados Unidos en 2012 (menos algunos que lo consideran prematuro y que bien podrían tener razón). El caso es que mi opinión es que ni ella misma sabe actualmente si va a presentarse o no. Todo dependerá de cómo evolucionen las cosas en Estados Unidos y en el resto del mundo durante estos tres años que quedan hasta entonces. Pero vaya a presentarse o no, lo que sí que está haciendo es dejándose todas las puertas abiertas.

Una vez concluida la Batalla de Alaska y con Sarah convertida en Sarah Reb, dando hachazos aquí y allá, su objetivo debe ser el de convertirse en un referente para los estadounidenses. Para ello, Sarah debe conseguir convertirse en eso mismo a tres niveles:

  • Ser el referente del movimiento conservador, siendo la voz que recuerde a los estadounidenses los principios de ese movimiento que tantos han dado por muerto ya, algo que ya ha hecho en su comunicado del pasado día 3 de julio, cuando anunció su intención de luchar “por la libre empresa y un gobierno reducido, por una política de seguridad nacional fuerte y el apoyo a las tropas de los Estados Unidos, por la independencia energética y a favor de aquellos que protegerán la libertad, la igualdad y la vida”.
  • Ser el referente del Partido Republicano, evitando su cierre por liquidación como tantos y tantos pretenden (RINO sobre todo). No soy partidario de que Sarah abandone el partido y se postule como “tercer partido”, pero sí de que utilice su creciente fuerza gracias al poder que le dan sus millones de partidarios para reorientar la línea de actuación del partido que, si se tratara de un barco, sería considerada de zozobra y próxima a encallar. Basándose en esos principios que ya detalló en su comunicado del 3 de julio, Sarah debería ser capaz de “forzar” al Partido Republicano a recuperar sus ideales y, con ellos, el apoyo de tantos estadounidenses que siguen declarándose orgullosamente conservadores.
  • Ser el referente de la oposición al actual gobierno, proporcionando a los estadounidenses una alternativa a la política de “Gran Hermano” puesta en marcha. El Partido Republicano está demostrando no tener una idea clara de lo que haría si estuviera en el poder y ello lleva a muchas personas a pensar que no hay otra cosa que se pueda hacer. Con el espantajo de la crisis, los demócratas han puesto en marcha un vasto programa de ingeniería social y mi temor es que si no se les detiene en cuatro años, tras ocho sea ya imposible. El actual presidente debe sentirse obligado a responder personalmente cada crítica que le dirija Sarah, reconociendo así públicamente que ella es su más directo rival (y muy posiblemente el único).

Un ejército dividido es una mala opción. El mando debe ser único y despertar confianza en todos los soldados, suboficiales y oficiales. La estrategia debe estar clara y saber todos qué parte les corresponde. Ello no quiere decir que se disuada la iniciativa de los mandos o que no se admita la crítica constructiva (la destructiva nunca, pero de eso no hay que preocuparse porque bien sabe Sarah como tratar a los obstruccionistas; bien que lo demostró en Alaska). No se trata de tener un ejército de corte soviético, sino un ejército como precisamente el actual de los Estados Unidos donde prima la flexibilidad.  Es por ello que opino que la actual parálisis del Partido Republicano o su peligrosa tendencia a la disgregación (¿Texas independiente?) debe ser cortada en seco y eso sólo lo logrará cuando exista un líder con las ideas claras que, en el estado actual de las cosas, sólo puede ser Sarah Palin.

También es posible que Sarah no quiera presentarse como candidata en 2012, pero eso no tiene importancia porque de lo que se trata es que quien se presente en esa fecha lo haga con un programa de gobierno verdaderamente republicano y no medio-demócrata-acomplejado. Es por ello que considero muy acertada la dimisión de Sarah si su objetivo es el de tomar las riendas del movimiento conservador para, a su vez, tomar las riendas del Partido Republicano y con ello hacer verdadera oposición a la actual administración, revelándola como el tigre de papel (¡qué buenos son los chinos con sus metáforas!) que realmente es. Si el resultado final de ello es un candidatura de Sarah Palin en 2012, magnífico; si no, también siempre y cuando el candidato que sea finalmente defienda esos principios que son el alma del partido y que le han llevado al éxito siempre que se han respetado y al fracaso cada vez que se han olvidado.

Conclusión

 La Batalla de Alaska ha supuesto una victoria para Sarah Palin por mucho que los del otro bando clamen que la victoria es suya. No sólo Sarah conserva Alaska a través de Sean Parnell, quien continuará aplicando su manera de hacer política, sino que además se libra de la amenaza constante de las ethics complaints y lo que ello implicaba de descrédito de su imagen además de ruina económica y angustia familiar. Libre ya de las pequeñeces de la gobernación de Alaska, Sarah podrá postularse como lo que realmente es: una estrella nacional (¡cuánta razón tiene Ann Coulter!) y tratar de poner un poco de orden en el movimiento conservador, en el Partido Republicano y en la oposición a la actual administración. ¿Y todo ello a cambio de qué? De un título que, bien nos ha dicho ella misma, “no cree que necesite para cambiar las cosas y para ayudar a la gente”. ¿Que los demócratas piensan que han acabado finalmente con ella? Allá ellos, pero yo, al igual que otros, pienso que no van a tardar en lamentarlo. ¡Y será muy divertido verlos entonces!

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