UN POCO DE SABIDURÍA POPULAR: AL EMBUSTERO, NI VERLO QUIERO (II)


 

Sarah Palin quiso prohibir libros de la biblioteca municipal de Wasilla; no lo consiguió y despidió a la bibliotecaria en venganza por ello

¡Ah, ya tenía yo ganas de que le llegara el turno a ésta! Se la tengo jurada, ciertamente. De todas las calumnias que se han lanzado sobre Sarah, ésta es la más popular de todas a pesar de ser una de las más fáciles de refutar. Y es además representativa de la manera como la izquierda fabrica una calumnia: buscan algo, lo retuercen, le dan un aire siniestro, lo sueltan, inventan mentiras para sostenerlo y cuando finalmente se descubre la superchería y nadie con dos dedos de frente puede creérselo ya, van y dicen que de acuerdo, que no es cierto, pero que algo habría de verdadero en ello porque ya se sabe que cuando el río suena, agua lleva. ¿Les cuento una adivinanza? Ahí va: ¿en qué se parecen un puritano y un izquierdista? En que ninguno de los dos puede tener un buen pensamiento ni por casualidad. Y en que si lo tuvieran, los dos correrían a confesarse, uno a su pastor y el otro al Comité Central. ¡Dios (o Marx) les libre de ello!

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La bazofia ésta la cocinó la otrora respetable revista Time en su edición del 2 de septiembre de 2008, en un artículo titulado “Mayor Palin: A Rough Record” (Alcaldesa Palin: un accidentado historial). De ahí pasó rápidamente a ser reproducido en multitud de basuriblogs, incluyendo la página web del entonces candidato demócrata a la presidencia (tranquilos, que ya lo ha borrado, ya).

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Si los del New York Times hubieran puesto tanto interés en sacar los trapos sucios del entonces candidato demócrata a la presidencia como pusieron en inventarse trapos sucios de Sarah, ¿qué hubiera podido pasar a la hora de las elecciones?

Según reza la calumnia, Sarah amenazó a la entonces bibliotecaria de Wasilla, Mary Ellen Emmons (ahora Baker), que además era presidente de la Alaska Library Association, con el despido si se negaba a retirar ciertos libros que no le gustaban de la biblioteca municipal de Wasilla, los mismos libros que aparecen detallados en una supuesta lista que pronto empezó a circular por ahí. Como que ésta se negó a practicar la censura, Sarah la despidió de su puesto.

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Mentira, mentira y mentira. Todo es mentira y lo vamos a ver en cuatro partes:

Sarah nunca exigió a la bibliotecaria que retirase libros

Es cierto que Sarah habló del tema de la censura con la bibliotecaria al menos en dos ocasiones (tres según otras fuentes). Según la propia Emmons, la primera vez fue entre el 1 de octubre de 1996 (fecha en que Sarah fue elegida alcaldesa de Wasilla) y el 14 de octubre del mismo año (fecha en que tomó posesión), mencionándole el tema de pasada, y la segunda el 28 de octubre, cuando trataron el tema ya de manera más detallada.

Fue en esta segunda ocasión, siempre según Emmons, cuando Sarah le preguntó directamente cómo reaccionaría si le ordenara que retirara libros de la biblioteca municipal. La respuesta de Emmons fue clara: se opondría a ello. Sarah insistió en el asunto preguntándole si su respuesta sería la misma en el caso de que hubiera ciudadanos protestando ante la puerta de la biblioteca. Emmons asintió y Sarah se limitó a tomar nota y ahí quedó la cosa. Curiosamente, fue la propia Sarah quien reveló esta conversación cuando la empleó durante una entrevista como ejemplo del tipo de conversaciones que estaba manteniendo con sus jefes de departamento para cerciorarse de su grado de comprensión y voluntad de cumplimiento de la nueva política municipal que pretendía imponer en el ayuntamiento. Sarah describió posteriormente sus preguntas como meramente hipotéticas, pensadas para conocer qué tipo de personas eran esos jefes de departamento con los que iba a trabajar a partir de entonces (recordemos que Sarah acababa de ser nombrada alcaldesa y aún estaba decidiendo cuál sería su equipo de gobierno). Sarah afirmó además que no tenía ningún libro en particular o lista de libros en mente cuando le hizo la pregunta a Emmons.

Ningún libro fue retirado nunca de la biblioteca de Wasilla

Cuando surgió la controversia, el Anchorage Daily News, un estúpido periódico que todavía anda preocupado por saber si Trigg es realmente el hijo de Sarah, hizo su propia investigación sobre el asunto y le preguntó a June Pinell-Stephens, presidente de la Alaska Library Association’s Intellectual Freedom Commitee desde 1984, si tenía constancia de que se hubiera producido algún caso de censura en la biblioteca municipal de Wasilla. La respuesta de ésta fue negativa. No le constaba ningún caso de censura y ni siquiera la más mínima conversación telefónica con Emmons acerca de un asunto similar.

La supuesta lista de Sarah de libros a prohibir es una falsificación

La supuesta lista de libros que Sarah tenía la intención de prohibir, sacada según el bloguista que la publicó de “las actas oficiales del consejo de dirección de la biblioteca de Wasilla”, es una copia descarada de otra que aparece en la web de la biblioteca del Florida Institute of Technology como la lista de “Libros prohibidos en alguna ocasión en los Estados Unidos”. De hecho, la copia es tan descarada como para no ser más que un ejercicio de cortar-y-pegar, pues aparecen exactamente los mismos errores de transcripción de la lista original. Y, por si fuera poco, en esa lista aparecen libros que en 1996, la fecha de la supuesta intentona censora de Sarah no se habían publicado todavía, como los cuatro primeros ejemplares de la serie de Harry Potter. ¡Condenación! ¿Aún hay quién necesite más pruebas de que no es más que una mentira todo esto?

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La dichosa lista. Si es divertida la lista esta que hasta está incluido Huckleberry Finn. Pero La audacia de la esperanza no, ¿eh?

La bibliotecaria no fue despedida por negarse a retirar libros

Cuando Sarah llegó a la alcaldía en 1996, se encontró en el ayuntamiento, entre otras cosas que no le hicieron ninguna gracia, a cinco jefes de departamento contratados todos ellos por su antecesor, John Stein. Como es evidente, Sarah quería contar con su propio equipo de gobierno para llevar a cabo sus proyectos y no estaba en absoluto convencida de que esos cinco tipos fueran a secundarla en sus intenciones, más aún cuando dos de ellos, la bibliotecaria y el jefe de Policía, habían hecho campaña a favor de su rival.

Cuatro días antes de tomar posesión como alcaldesa, Sarah dirigió una carta a cada uno de ellos requiriéndoles una carta de dimisión y un currículo actualizado, quedando en sus manos la decisión final de aceptar esas dimisiones o no. Emmons remitió esa carta y fue en ese contexto que Sarah  se entrevistó con ella de cara a evaluar su profesionalidad y su buena voluntad a la hora de llevar a cabo los cambios que tenía pensados en la administración municipal. Sarah describió posteriormente su petición de dimisiones como un test de lealtad (lo último que quería, lógicamente, eran bichos que le pusieran palos en las ruedas). En principio, cuatro de esos cinco jefes conservaron sus puestos (sólo cesó uno en atención a que Sarah eliminó su departamento por innecesario), a pesar de que el jefe de Policía se negó a redactar su carta de dimisión (para repasar la divertidísima historia del jefe-de-Policía-grande-como-un-oso-que-amedrentaba-a-la-pequeñita-Sarah, vea esta entrada anterior). Luego, en enero de 1997, Sarah decidió despedir a la bibliotecaria, junto con el jefe de Policía, alegando que no creía que estuviera plenamente comprometida con su programa de gobierno y, como quiera que era potestad suya despedirla o no, la despedía. La bibliotecaria, imaginamos que muerta de miedo al ver que Sarah iba en serio, tuvo ese mismo día una entrevista con ella y al día siguiente, Sarah reconsideró su postura y volvió a contratar a Emmons, ahora que muy probablemente había prometido ser leal y dejar de incordiar de una vez por todas. Al menos, eso es lo que interpretó de las declaraciones posteriores de Sarah diciendo que ahora sí que sentía que Emmons respaldaba su política. Por descontado, la bibliotecaria no dijo en ningún momento que el motivo de su despido fuera su negativa a retirar libros de la biblioteca, lo que podría haber hecho perfectamente de haber sido cierto, provocando un escándalo. De hecho, Emmons continuó sirviendo en su puesto hasta agosto de 1999 en que dimitió, poco antes de que Sarah fuera reelegida para el cargo de alcaldesa.

Y colorín, colorado, esta bobada se ha acabado.

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