DE ENTRADA, UN CUENTO


 

Érase una vez, un candidato republicano a la presidencia de los Estados Unidos llamado McBlandito (otros dicen que se llamaba realmente McFlojo, McCastaña o incluso McPatata, pero eso no es lo más importante ahora). Éste, que era un hombre serio, honrado y valiente, tenía tan sólo un problema para ganar las elecciones y es que, a pesar de ser el candidato republicano, él no era republicano, sino medio demócrata, y eso despertaba muchos recelos entre quienes debían ser sus votantes naturales que, hartos ya del presidente republicano menos republicano de la historia (o sea, George W. Bush o Bush 43), no sentían mucho entusiasmo ante la idea de que quien le sucediera fuera el presidente republicano más demócrata de la historia.

McBlandito lo sabía, por supuesto, y listo como era tuvo una idea: buscaría a un candidato a vicepresidente que fuera todo lo republicano que él no era y utilizaría su figura para atraer a esos votantes que no se fiaban ni un pelo de él con la tranquilidad de que una vez elegido presidente, su vicepresidente desaparecería en algún pasillo de la Casa Blanca y nunca más se sabría de él. Así pues, McBlandito se puso a buscar por todas partes y al final dio con una tal Sarah Palin, gobernadora del estado de Alaska, allí donde Santa Claus tiene su cabaña de troncos. Sarah era republicana de verdad (no como él, que lo era de pega), estaba teniendo mucho éxito como gobernadora y encima era mujer y estaba estupenda, lo que añadiría a su candidatura un matiz muy interesante que seguro que fastidiaría mucho a los del otro bando. Sarah aceptó el envite y McBlandito se frotó las manos pensando que había hecho una jugada maestra, lo que era cierto dado que, de repente, pasó a encabezar las encuestas de intención de voto, algo que no le había sucedido nunca hasta entonces.

Sin embargo, todo se vino abajo cuando una terrible crisis económica se desató sobre los Estados Unidos y McBlandito se convirtió en McVeleta, sembrando la duda entre muchos votantes que se temieron que ya estaba un poco chocho. Y mientras McBlandito intentaba capear el temporal, Sarah se veía sometida día sí y día también a una lluvia de calumnias por parte de los medios de (des)información, todos ellos pasados con armas y bagajes a las filas del otro bando, quienes, conscientes de lo mucho que valía y de que era la única carta ganadora por parte de McBlandito, se lanzaron sobre ella a degüello. McBlandito estaba más perdido que un pato en un garaje y bastante tenía él con intentar averiguar por dónde soplaba el viento, a diferencia del otro bando que permanecía tan ricamente a resguardo, pero es que además toda esa carretada de asesores empingorotados que rodeaban a McBlandito parecían tener menos luces que un farol apagado y en lugar de responder y morder ellos también, se desentendieron de Sarah y la dejaron expuesta a la humillación pública, permitiendo que el otro bando consiguiera su objetivo de desacreditarla sin apenas esfuerzo. Naturalmente, McBlandito perdió las elecciones y esto último es probablemente cierto: las perdió él, no es que las ganara el otro. Luego, cuando recapitularon sobre lo que había pasado (todos menos Sarah, a quien ya no querían ver ni en pintura y devolvieron ipso facto a Alaska), comprendieron que habían jugado mal sus cartas y que era precisamente la única baza que no habían querido jugar a fondo la que les hubiera podido salvar: Sarah Palin. Y todos se sintieron tontos y McBlandito más que nadie, ya que se había convertido de pronto en McPifia. Y como que estaban tan avergonzados y muchos de ellos temían que ya no les contrataran como asesores ni para unas elecciones al bebé más mofletudo del condado, algunos de ellos quisieron disimular su estupidez culpando a Sarah e inventando más embustes todavía sobre ella que la hicieran responsable de la derrota.

Así pues, Sarah regresó a Alaska mucho más sabia que cuando salió de allí a ver qué pasaba por ahí abajo y McBlandito volvió a Arizona a contar en el bar del pueblo que una vez estuvo a punto de ser presidente a ver si alguien se lo creía y le invitaba a una cerveza. Pero Sarah, que es una luchadora nata y que tiene más valor ella sola que un pelotón de marines entero, decidió que no iba a quedarse en la tonta del bote de la historia y que la próxima vez que lo intente será ella quien lleve las riendas. Para ello, cuenta con el apoyo de la mayoría de los votantes republicanos, que, a despecho de todo lo que los medios de (des)información han dicho y escrito sobre ella, saben que Sarah es una de ellos y por eso la admiran y esperan el momento en que se decida a regresar with a vengeance, devolviéndoles la fe en una nación como la que soñaron los Padres Fundadores y sus propios antepasados, generación tras generación, antes de que los de la secta esa que se han adueñado de la Casa Blanca puedan arruinar su futuro y el de sus hijos.

Y colorín, colorado, este cuento no se ha acabado…

mcblandito

Sarah Palin y McBlandito cuando éste último todavía no se había convertido en McPifia y hasta parecía McAnudo.

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